El Derecho de Autor y el Derecho a la Cultura

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La confrontación entre el derecho de autor y el derecho a la cultura es un argumento comúnmente utilizado para apoyar teorías antagónicas. Lo usan aquellos que se oponen al derecho de exclusiva y defienden la gratuidad de los contenidos protegidos por la propiedad intelectual; pero también la invocan aquellos que son partidarios de un sistema más abierto, distinto del que impone la reserva de todos los derechos de propiedad intelectual y que justifican con las ventajas que aporta a la sociedad la difusión del conocimiento. Por otra parte, están los que defienden una protección más amplia y efectiva del derecho de autor con el objeto de fortalecer la posición y la actividad de las industrias culturales, es decir, en este caso el derecho de autor se presenta como el mejor aliado de la cultura.

Con frecuencia el debate se plantea de forma superflua y básicamente para apoyar o defender, según sea el caso, los intereses de una u otra parte, pero dejando de lado la objetividad y sin entrar a conocer, revisar y valorar todos los aspectos del problema.

En realidad, lo que deberíamos preguntarnos es si realmente existe confrontación entre ambos derechos. Tal vez sería más adecuado hablar de la relación que existe entre el derecho de autor y el derecho a la cultura, ya que será muy difícil encontrar un argumento que sostenga una posición de predominio absoluto de un derecho sobre otro.

Además hemos de tener en consideración que el concepto de cultura es amplio y aplica a ámbitos muy diversos, en donde podrían quedar comprendidos la educación, las distintas manifestaciones de la libertad creativa, así como la diversión y el entretenimiento.

Por lo tanto, desde esta perspectiva y tomando como punto de partida la configuración del derecho de autor analizaremos su relación con el derecho a la cultura.

La propiedad intelectual, a diferencia de otras propiedades, fue concebida con unos límites establecidos desde el inicio, esta circunstancia es importante porque explica y justifica su propia existencia.

El derecho de autor como le conocemos actualmente, es un monopolio, una concesión que hace el Estado al autor reconociendo un derecho de exclusiva sobre la explotación de su obra por un tiempo limitado. Con ello se pretende un doble objetivo, por un lado, se trata de favorecer al autor incentivando la creación, pero por otra parte, también la sociedad se beneficia porque ve aumentado su acervo cultural. Simplificando mucho, podemos decir que el derecho de autor debe su existencia a la cultura, que justifica la creación de un monopolio a favor del autor.

No obstante, el establecimiento de un plazo de protección limitado en el tiempo no fue la única restricción que se impuso al derecho de autor, sino que se introdujeron otros mecanismos con el objeto de evitar la colisión entre el derecho de exclusiva del autor y el ejercicio de los derechos fundamentales, como la libertad de expresión, la libertad de información o el derecho a la educación. Para ello, se establecieron los supuestos de libre utilización de las obras, que permitían a las personas en determinados casos concretos y siempre que no perjudicaran ni la explotación de la obra ni los intereses legítimos del autor, utilizar las obras sin necesidad de pedir autorización al autor.

Como se puede observar, con los límites al derecho de autor se establecía un equilibrio que permitía la coexistencia del monopolio del autor y el ejercicio de los derechos fundamentales.

El problema actual es que la configuración inicial del derecho de autor ha cambiado radicalmente y con ello se ha roto el equilibrio.

Son diversas las causas del cambio, entre ellas podemos apuntar las modificaciones que se han  introducido en la normativa que regula al derecho de autor como respuesta al avance tecnológico que ha hecho posible nuevas formas de explotación de las obras. Si bien, estas medidas están justificadas por la necesidad de adecuar o compensar al autor por el surgimiento de nuevas modalidades de explotación y para mantener el control sobre las obras, no es menos cierto que el sistema cambió las reglas, disminuyendo de forma considerable los supuestos de libre utilización de las obras.

Otro aspecto que ha cambiado es el relativo al aumento del monopolio, debido al reconocimiento de los derechos conexos a los derechos de autor, de los artistas, los productores de fonogramas y videogramas y las entidades de radiodifusión. Sin lugar a dudas, el reconocimiento de un derecho de exclusiva propio a estos agentes además de justo y necesario, ha sido un elemento clave en el desarrollo de las industrias culturales y creativas. El problema es que la industria que se ha visto favorecida con ello, no ha cambiado su modelo de negocio y sigue anclada en el que tanto éxito le brindó el siglo pasado.

Como se observa, el derecho a la cultura no se puede tomar a la ligera, no sirve de nada confrontarlo con el derecho de autor, ni tampoco nos servirá para justificar una normativa represiva, más bien debería ser el catalizador que restableciera el equilibrio perdido.

 

Escrito por: Carmenchu Buganza

¿A quién le concierne la Propiedad Intelectual?

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Una respuesta simple se limitaría a indicar que sólo atañe a los autores y titulares de derechos derivadas de las creaciones intelectuales, porque están directamente implicados en fortalecer su posición.

Sin embargo, el término propiedad intelectual también se utiliza en sentido amplio para designar los derechos de propiedad industrial, que refiere a las patentes, las marcas, los diseños y otras modalidades de protección, algunas muy específicas que aplican a sectores concretos, como son, los certificados de protección de obtención de productos vegetales.

En esta categoría existen otras formas de protección que podríamos denominar secundarias, porque suponen una alternativa o un complemento que se añade a un derecho anterior para reforzarlo, como pueden ser los modelos de utilidad, los nombres comerciales y los certificados complementarios de protección de medicamentos.

No podemos dejar de citar a los indicadores de origen, por la importancia que han adquirido en la actualidad y el incremento de su utilización como medio para distinguir la proveniencia de los productos. Es también importante añadir la protección de los nombres de dominio, sin que interese ahora discutir si son o no una categoría distinta de los signos distintivos. Lo importante es reconocer la popularidad que gozan y el uso intenso del que son objeto. Múltiples factores han contribuido a su éxito: la simplicidad del procedimiento de registro, el precio asequible, la inmediatez de su obtención y porque son imprescindibles para actuar en internet.

Desde esta perspectiva la respuesta a la pregunta inicial ya no es tan simple. Observamos que la propiedad intelectual podría interesar a todos aquellos que de forma directa o indirecta explotan cualquiera de las modalidades arriba referidas y partiendo de esta premisa se abre un enorme abanico de sujetos que podrían estar concernidos.

En primer lugar hacemos referencia a las industrias culturales, definidas como aquellas que explotan bienes protegidos por el derecho de autor y los derechos conexos al derecho de autor. Los ejemplos más típicos podrían ser las editoriales y las productoras audiovisuales. Es decir, un sector en el que trabajan tanto autores como titulares de derechos conexos, entre los que podemos citar a: escritores, músicos, compositores, dibujantes, fotógrafos y artistas, entre muchos otros. Lo que nos lleva a apreciar la amplitud de sujetos involucrados.

Otro sector estaría constituido por los inventores y la industria que explota las invenciones protegidas por patentes o modelos de utilidad. Aquí también existe una gran variedad de sujetos de muy diversa índole que resultaría muy difícil de catalogar, debido a que las patentes protegen invenciones y su campo de aplicación es muy amplio. No obstante, podemos citar algunos ejemplos característicos, como son: las industrias de automoción, aeronáuticas, farmacéuticas y tecnológicas. Si además añadimos las especialidades de protección, como la obtención de variedades vegetales, el espectro de sujetos interesados aumenta considerablemente.

Por lo que respecta a la protección de la forma es difícil ceñirse a un sector concreto de actividad o industria, debido a que el diseño aplica a todo tipo de productos y, por lo tanto, incumbe a sectores de actividad muy distintos. No obstante, podemos decir que la industria de la moda tiene particular interés en reforzar la protección de la forma, porque atañe directamente a su actividad. Y en este sector nos encontramos con un sinfín de productos que no se limitan a la indumentaria y accesorios, sino que incluyen cualquier dispositivo, artículo, instrumento u herramienta que se haya incorporado en nuestros hábitos y costumbres, conformando un estilo o tendencia de actualidad, como por ejemplo, el uso de teléfonos móviles.

En cuanto a la explotación de los signos distintivos o de los elementos de identificación de los productos o servicios que se ofertan en el mercado, podemos decir que éstos interesan de manera general a todo tipo de industria, empresa o actividad, ya sea porque le otorga un valor añadido a sus productos o servicios, como es el caso de las marcas que gozan de prestigio o bien porque refuerzan la protección derivada de otros derechos.

Por último, tenemos que considerar que junto a los sujetos que explotan bienes protegidos por derechos de propiedad intelectual, se encuentran los usuarios o destinatarios de todos esos bienes, quienes de forma directa o indirecta también resultan afectados.

Son los usuarios o destinatarios quienes al final deciden si un producto tiene éxito o no y son ellos también quienes soportan las consecuencias de su uso o consumo. Por esta razón, también forman parte de la cadena de interés.

Mi intención con este post, no es confeccionar un catálogo de todas las formas posibles de protección de los bienes intangibles, sino promover una reflexión sobre la incidencia de la propiedad intelectual en nuestras vidas, para que cada uno pueda responder a la pregunta inicial.

Escrito por: Carmenchu Buganza

El Derecho de Autor en Internet

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Recientemente he participado como invitada en el foro virtual de un curso que se imparte “on line”, para responder a las dudas y preguntas que los alumnos proponen en relación con la protección que brinda la propiedad intelectual a las obras y, en especial, el tema objeto de discusión se centraba en las creaciones difundidas en Internet.

La primera cuestión que llamó mi atención, fue el diferente criterio que los alumnos aplicaban en relación con los trabajos u obras que ellos mismos creaban y para aquellos realizados por terceros.

Curiosamente, los alumnos se mostraban muy preocupados por obtener la protección de la propiedad intelectual sobre todos los materiales que ellos producen y antes de difundirlos en Internet. Así que las preguntas o dudas versaban sobre la forma de conseguir una protección eficaz.

Sin embargo, esos mismos alumnos mostraban un criterio totalmente distinto en relación con los trabajos, obras o materiales realizados por otras personas y que ellos encontraban en Internet. En general, ellos consideraban que todo lo que está en la Red está disponible.

Como es de observar, los diferentes criterios que los alumnos aplican supone tratar de forma diferente situaciones similares. Y la consecuencia es bien clara, se introduce una desigualdad o desequilibrio.

Consideré importante hacer hincapié en esta circunstancia, así que les sugerí que ante cualquier situación dudosa o que planteara un problema sobre propiedad, lo mejor es utilizar el sentido común. Mi objetivo era provocar una reflexión que les llevara, por pura lógica, a encontrar la solución. Y fue sencillo, basta con aplicar un razonamiento muy simple: si esto no es mío, no puedo utilizarlo sin antes pedir permiso. Y además esto se aplica con independencia de que se trate de obras protegidas por la propiedad intelectual.

protección obra en internetMi experiencia en el foro virtual me ha llevado a constatar que por un lado, existe una enorme falta de sensibilidad o respeto ante el trabajo de los otros; y de otro lado, un exceso de valía a todo lo propio, aquello que nosotros hacemos. En realidad poco les importaba si sus trabajos podían ser considerados como obras, es decir, si éstos reunían los requisitos exigidos por la Ley para obtener la protección del derecho de autor. Y esto ¡sí es importante!

Porque no todo lo que se produce, escribe, dibuja, fotografía o graba tiene carácter de obra y, por lo tanto, es susceptible de protección por el derecho de autor. A esta sólo acceden aquellas creaciones que son originales en su forma de expresión; únicamente, las que cumplen los requisitos pueden reivindicar la protección que brinda este derecho.

Posiblemente la confusión se presenta debido a que la protección no está supeditada a la existencia de formalidades o registros, sino que surge de forma automática con la creación de la obra y, en ese acto, se genera la protección para el autor y para la obra. A partir de ese momento se despliega el haz de facultades que otorgan al autor la plena disposición y el derecho de exclusiva sobre su obra. Así de simple y de sencillo. Pero las consecuencias son enormes, ya que el derecho del autor sobre su obra se ejerce contra todo el mundo e impide su utilización si no se cuenta con  un permiso o autorización. Similar a cualquier otro derecho de propiedad, pero con características propias.

Con independencia de la causa que provoca esta distinta apreciación, me pregunto si realmente existe un desconocimiento de las reglas de la propiedad o es que las obviamos a nuestra conveniencia. Mucho se dice de educar o sensibilizar al público para fomentar el respeto de los derechos de propiedad intelectual, pero en esta breve experiencia, se ha mostrado que son bien sensibles, al menos con los propios derechos. Lo que me lleva a preguntarme si no sería mejor reflexionar sobre la reciprocidad.

Escrito por: Carmenchu Buganza
Aequitas Abogados

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